El tener un blog y ser su único autor y administrador, me otorga el discutible privilegio de escribir lo que se me canta, darle luz verde a los comentarios que mas me convengan y de contestar a ciertos comentarios con un nuevo post. Control de medios 2.0 vendria a ser. O algo por el estilo.
Los que me conocen, saben sobradamente que soy un tipo sumamente amplio de criterio, razón por la cual dificilmente mande algún comentario a la papelera de reciclaje por el simple hecho de que haya sido enviado por alguien que sabe sobre mí más de lo recomendable o que se ampara en el anonimato para pegar palos a diestra y siniestra. Ya dije alguna vez que la moderación de comentarios es puesta al simple efecto de evitar que alguien se pase de la raya y quiera sacar a relucir ciertos aspectos de mi oscuro pasado o reclamarme públicamente el pago de deudas ya vencidas y prescriptas. No es cuestión de alimentar las ganas que puedan tener algunos de incendiarme públicamente, tampoco. Menos que menos, que se aprovechen de este espacio para armar quilombo con los demás.
En mi post anterior hablé acerca de las reflexiones que me mereció un artículo que leí por ahí y a juzgar por las reacciones que provocó dicho posteo (y no me refiero solamente a aquellas expresadas en el campo de comentarios) me pareció apropiado efectuar algunas aclaraciones al respecto o, si lo prefieren, ampliar conceptos. Casi un derecho a réplica, excepto por el hecho de que no fuí injuriado en forma alguna ni nadie me vino a desayunar con que formo parte de la gran legión de cornudos, por más que tengo bien en claro que de los cuernos y de la muerte no se salva nadie y quién asegure que está libre de cuernos que arroje la primera lima.
Yendo al meollo de la cuestión, lo que deseo aclarar es que la intención de mi post anterior no fué la de poner a las mujeres en el rol de mete-cuernos seriales ni nada que se le parezca. Simplemente quise señalar que una mujer, estando involucrada en una pareja estable, puede meter guampas just because. Aquel que crea que los hombres engañamos a nuestras parejas de puro calentones y que las mujeres lo hacen solamente cuando las razones pueden inspirar un tratado sobre psicologia y relaciones de pareja, está viviendo equivocado.
Decir que todos tenemos defectos, ya suena a verdad de perogrullo. Esos mismos defectos se incorporan a la pareja ó, mejor dicho, se muestran también en la relación. El estar junto a alguien por quién tenemos un cariño especial, alguien que normalmente también mantiene activa nuestras hormonas, puede provocar que que corrijamos esos defectos o, al menos, los llevemos a la mínima expresión posible. Claro que hay defectos y defectos. No es lo mismo el tener la costumbre de tirarnos sorditos en medio de una comida junto a nuestra familia política, que ser habitués a organizar orgias en el dos ambientes que compartimos con nuestra media naranja mientras ella se va tomar el té con las amigas todos los miércoles por la tarde. También hay conductas que, sin llegar a la categoria de "defecto", pueden ser molestas para la otra parte, como mear con la puerta del baño abierta por ejemplo. Mientras que los pedos en medio del almuerzo familiar pueden ser contenidos a fuerza de comenzales mirándonos inquisidoramente con cara de asco, provocando el enrojecimiento de nuestras mejillas ya que pensabamos que los dos platos de modongo con porotos que nos mandamos la noche anterior iban a pasar sin pena ni gloria por nuestro tracto digestivo, nuestra costumbre de armar partuzas puede verse interrumpida abruptamente por un portero hijo de mil putas, que se quedó caliente desde aquella vez que nos ayudó a subir un sommier king-size, diecinueve pisos por escalera y que obtuvo por toda retribución de nuestra parte, un apretón de manos y un billete de cinco pesos falso que nos encajaron en el chinito de la vuelta, y que le buchoneó a nuestra novia acerca de un sospechoso ir y venir por el departamento, de mujeres ataviadas con medias de red y amigos de la secundaria a quien el profesional del palier ya tenia calados, todos los miércoles a la tardecita.
Como podrán deducir, mientras que algunos defectos pueden dar lugar por un lado, a reproches de parte de nuestro suegro que ya no se banca tener que comer con olor a estómago vacuno y legumbres fermentadas en el ambiente y, por el otro, a ultimatúms de parte de nuestra mujer "o dejás de cagarte mientras comemos o te vas buscando otra novia", otros defectitos pueden dar lugar a un pesado wok de hierro estrellado contra nuestro parietal derecho y todas nuestras pertenencias arrojadas por la ventana junto a una bombacha roja de látex con cierre en el medio que se dejó olvidada una de las chicas de los miércoles y que pensabamos devolverle en el encuentro de la semana siguiente.
Sin llegar a extremos, uno puede tener una convivencia armónica en la cual se aprenda a soslayar ciertas incomodidades que puede provocar la constante inundación de la vivienda gracias a la bola de pelos de nuestra novia que provocó el taponamiento del desagüe de la bañera ya que a la señorita le dá fiaca tener que juntarlos antes de que formen un ovillo piloso capaz de embalsar el rio Amazonas. Todo en pos de la salud de la relación. Tampoco es cuestión de armar quilombo por la boludez de tener que ponernos el equipo de buceo cada vez que queremos tomarnos un café a la salida de la ducha.
Afortunadamente, nuestra pareja también comparte nuestra filosofía de evitar declarar la quinta guerra mundial ante cualquier nimiedad que le resulte molesta de nuestra parte. A lo sumo se apela a la ironía y la cosa no pasa de nuestra chica calzándose los auriculares cada vez que vamos a orinar ni de nosotros yendo a la ducha con el tanque de oxígeno, la antiparra y las patas de rana.
Así la cosa, la relación marcha sobre rieles apacibles y amables. Nos agasajamos mutuamente en nuestros cumpleaños, aniversarios, nos cuidamos, nos mimamos, tenemos sexo seguido y del bueno a pesar de que nuestra chica se niega a dejar participar de los encuentros a la propietaria de la bombacha roja y hasta nuestro suegro nos permitió ingresar nuevamente a su casa bajo juramento de salir al patio cuando nos veamos forzados a eliminar nuestra presión intestinal o que al menos compremos un aerosol de "Glade Aromas del Matanza" para poner en la mesa junto al sifón y la fuente de canelones.
Alguno se estará preguntando "¿y todo esto a que viene?".
Siga leyendo por favor y verá contestada su pregunta.
Cualquiera podria suponer que en una relación sana, honesta, animada y respetuosa, ninguno de sus miembros tendria motivos para pegarse un revolcón con alguien que no sea su pareja.
Gran error.
Quién sepa por propia experiencia lo que es estar, o haber estado, en una pareja estable, ya sea un noviazgo o un matrimonio, sabe perfectamente que por más embelesados que podamos estar con la misma, la tentación siempre está. Como decia un amigo: "Por más que haya comido, no significa que no pueda mirar el menú". Por algo la gula es uno de los siete pecados capitales y, si bien reniego de cualquier religión, debo conceder que el apetito descontrolado es común a casi todos los seres humanos en algún momento de su existencia. Esto, llevado al terreno de la sexualidad, se traduce en cuernos. Claro que para que haya cuernos tienen que existir quien los pone y quien los lleva y esto, en mi opinión, se aplica solamente cuando entre los miembros de la pareja existe el compromiso, tácito (un noviazgo formal), expreso (un matrimonio ante la ley) o coaccionado (a punta de pistola, te llego a enganchar con otra y te vacio el cargador en medio de la frente), de que no se tendrá sexo con nadie ajeno a la relación, salvo que sean swingers que, así todo, también tienen sus reglas no escritas y que practican el cuerneo consentido, recíproco y hasta a la vista del otro.
Hay muchos (y muchas), quienes creen que el haber trincado más de dos veces con la misma persona, ya los/as coloca en el Olimpo de los Cornudos/as si ese otro/a se pasa un fin de semana completo encerrado/a en un albergue transitorio de la Panemericana con alguien que no sean ellos/as. Asi no es como funciona. Reitero: para que sea catalogado como cuernos, debe existir una traición física a un compromiso afectivo. Si cada dos meses marcamos el número de teléfono de una ex-compañera de la facultad con intenciones de mostrarle las nuevas tendencias en decoración y ambientación de los hoteles alojamiento y luego nos olvidamos de ella hasta la próxima ocasión en que tengamos ganas de voltearnos viejas compañeras de estudios, la aludida no puede reprocharnos nada si nos engancha saliendo del telo de la otra cuadra de su casa junto a la secretaria de nuestro jefe. Salvo que nos hayamos comprometido con ella (con nuestra ex-compañera, ya que seria imposible con la secretaria que por algo consigue los aumentos que consigue) a que tendremos sexo solamente con ella, cada dos meses. Y eso es mas difícil que nadar en el lavarropas.
Entonces, ¿por qué se meten cuernos?. Las razones, tanto para el hombre como la mujer, ¿son las mismas?.
Analicemos un poco.
Suponer que la infidelidad está simpre motivada por despecho, insatisfación o venganza, me parece una mirada un tanto miope del asunto. Ya escuchamos miles de veces la cantinela aquella de que la carne es débil y no por reiterada, la frase deja de ser cierta. Como también es cierto que contra la naturaleza no se puede. Justamente, la sexualidad es algo natural en todos los seres vivos, más allá de como la ejerzan, fundamentalmente porque la función primaria de la misma es la reproductiva. El famoso asegurar la perpetuidad de la especie. Y por algo la naturaleza es sabia y creó a los machos y a las hembras. A los nenes y a las nenas. Para que se apareen y se reproduzcan. Existen algunas excepciones, caso las especies hermafroditas por ejemplo, pero son, justamente, solo excepciones. El único detalle que no tuvo en cuenta la Madre Naturaleza es que a los seres humanos les iba a gustar aparearse, incluso entre miembros del mismo sexo y, a veces, con miembros de otras especies, sin tener intenciones de reproducirse tres carajos. Por el simple placer de hacerlo, nomás. Y parece que les resultó muy placentero porque hasta inventaron lugares, objetos e instituyeron lazos sociales para aparearse mejor y más seguido. Así, aparecieron las camas, los silloncitos eróticos, los hoteles por horas, los bosques de Palermo, los noviazgos, el matrimonio, las amantes y el rubro 59 de los clasificados.
Salvo para unas pocas especies animales, el concepto de monogamia es inexistente pero, mientras que para los pingüinos, por ejemplo (y no sé si en todas las especies), la monogamia es una cuestión instintiva, para el ser humano occidental y cristiano es una cuestión cultural y hasta una imposición legal. Algunas culturas mas sabias y progresistas que las imperantes en esta parte del mundo, permiten que un hombre tenga un harén de mujeres a su disposición que siempre debe estar atento a sus deseos y necesidades, consintiendo que sea usada como pisapapeles la cabeza de alguna desubicada que venga con planteos feministas. Existe una razón biológica para ello: si de perpetuar la especie se trata, mientras que una mujer no puede quedar preñada de más de un hombre a la vez, los hombres debemos asegurarnos de dejar preñadas la mayor cantidad posible, recurriendo, para ello, a la multiplicidad de apareamientos. Solo que, mientras que para un magnate del petróleo saudí es un derecho adquirido, para un argentino descendiente de españoles, casado ante Dios y la ley, es motivo de andar esquivando la vajilla de porcelana arrojada por nuestra esposa y de juicios de divorcio en los cuales, salvo nosotros, hasta la mucama del juez de familia se llena de guita a costa nuestra, si el fato llega a trascender.
¿Y todo por qué?.
Por querer perpetuar la especie y, de ser posible, pasarla fenómeno mientras tanto.
Pero esa culura occidental y cristiana, parece desdeñar el factor calentura en el caso de las mujeres. Es cierto que los hombres reaccionamos distinto al estímulo sexual, lo cual nos lleva querer volternos al primer par de tetas con piernas que se nos cruce, por la sola razón de que nuestro ADN nos indica que cuanto más tiremos más probabilidades de acertar tendremos (en térmimos biológicos, seria mas probable que un espermatozoide nuestro se una con un óvulo femenino, dando inicio a un nuevo ciclo de vida) y que estar comprometidos con una mujer, ya sea ante la ley o ante un hermano boina verde de la dama, es un detalle menor. Ahora bien, si la mujer, por limitación fisiológica, no puede quedar embarazada de más de un hombre a la vez, ¿por qué, teniendo a uno agarrado de las pelotas, libretita del registro civil por medio, gustan de aparearse con otros machos de la especie?. Por una sencilla razón: porque gracias a una aberración evolutiva, ellas también la pasan bárbaro al aparearse. Por más que mantengan una relación estable con un hombre atento, guapo, que las deje temblando como una hoja de papel al viento luego de tener sexo, que sea buen proveedor, excelente padre, etc., etc., etc,. Les gusta el garchoteo tanto como a los hombres y la infidelidad, más allá de que como idea, sea muy posterior a la aparición de los homínidos que nos precedieron en la carrera evolutiva y de que se trate de una cuestión contemplada solo en algunas culturas, en aquellas que la condenan moral, judicial y armamentisticamente, no siempre es motivada por las razones que esgrimen las conductoras de "Utilísima satelital", ni las autoras de notas pedorras, supuestamente periodísticas, que lo único que buscan es no hacerse cargo de que cuando son ellas las que se empernan a alguien que no sea su pareja, también puede hacerlo por el simple placer que dá, de la misma forma que casi todos procuramos hacerlo, aunque andemos por la vida sin nadie que nos reclame servicios exclusivos.