Hace varios años atrás, en el año 94 para ser exacto, trabajé para una empresa que comercializaba destinos vacacionales bajo la modalidad de "tiempo compartido" (algo que mucha gente conoce, así que no tengo ganas de ponerme a explicar en este momento de que se trata).
Contaba por aquél entonces con 22 años y habian pasado pocos meses desde que el Estado Mayor de la Armada me pusiera en el DNI un sellito y efectuara una serie de anotaciones que certificaban la finalización de mi período de instrucción como soldado y que cualquier cosita que pasara me avisaban.
Volviendo al tema del comienzo, les decia que trabajé para una empresa de venta de tiempos compartidos; Más precisamente, como vendedor. Para ser honesto, nunca vendí una mierda, ya que hay ciertos momentos en los que se complica convencer a la gente de hacernos un cheque por varios miles de dólares y de que incorporen un numerito más al renglón "gastos fijos" de la planillita de contabilidad familiar. Durante el mes que permanecí en la empresa, nunca ví un mango y sí, en cambio, consumí parte de mis magros ahorros en viáticos, comida y tintoreria, porque los señoritos de la gerencia me hacian ir de traje (ambo, bah!); Un jean limpio, planchado y sin agujeros, y una camisita con corbata, era algo inaceptable para la política de la compañia. Eso sí, ningún soltar un mango aunque sea en concepto de sueldo mínimo, viáticos o gastos en putas aunque sea: si vendia, cobraba; si no vendia, cagaba. Asi fué que, lo que debiera ser un empleo, era un negocio chino; Y porque el boludo este - se estarán preguntando ustedes - aceptó "trabajar" en semejantes condiciones? Fácil: era eso o aguantarme los reproches, caras de orto y amenazas de desalojo, via patada en el culo, de mi querido padre si yo sostenia mi condición de desempleado. Era una forma de ganar tiempo - y de mantener mi salud anal - y de bajarle la presión sanguínea a mi viejo hasta tanto consiguiera un empleo con aportes jubilatorios y todo.
Ser vendedor (o al menos intentar serlo) de esta clase de corporaciones chupasangre, es ingresar al mundo del marketing a punta de pistola, de la venta de humo y de como hacerle entender al potencial clientes que si no adquieren el producto o servicio que les ofrecemos es un idiota que no entiende nada, hombre malo que no quiere que su familia se vaya de vacaciones a algún paraiso terrenal y que prefiere gastar su dinero en comida y en el pago del transplante múltiple de la madre, en lugar de asegurarse plaza hotelera por los siguientes noventa y nueve años.
Las reuniones de venta eran de lo más pintorescas: una sala de reuniones con una gran mesa ovalada en el centro, varios boludos como yo sentados alrededor y un gurú del marketing y las técnicas de ventas que queria convencernos de que eramos capaces de venderle arena a los árabes, si mostrabamos una actitud positiva, dotes de psicólogo, sonrisa esculpida en nuestra cara y predisposición a incurrir en infracciones al Código Penal si el entrevistado rehusaba firmar la solicitud.
Como podrán deducir, mis pobres dotes de vendedor, mi estructua moral y el hecho de que no me atraia la idea de purgar 25 años en la cárcel de Batán, bajo la carátula "Homicidio en ocasión de no poder engrampar un tiempo compartido", motivaron mi salida de la empresa.
Con menos dinero en el chanchito que cuando ingresé pero feliz de no ser la dama de compañia del Gordo Valor.
Pero, a pesar de lo poco feliz de la experiencia, uno de esos gurues de los que hablaba, un pirata que fumaba abajo del agua, que casualmente era el gerente general, dijo algo que justificó, en parte, la plata que gasté en bondis y panchos en Lavalle: "la gente, cuando todo le va mal, cuando está tapada por el agua, busca por cualquier medio hacer pie, algun tronco al cual aferrarse". Palabras mas, palabras menos, esa es la idea de lo que manifestó. Y si bien esa frase, a primera vista, denotaria conceptos tales como "resurgimiento", "resurrección", "caerse y levantarse", "renacer de las cenizas" u "otra vez el servicio meteorológico le pifió al pronóstico del tiempo y en lugar de un dia soleado sin nubes a la vista, se vino el diluvio universal y se inundó todo", para quién escribe tiene un sentido mas amplio: me remite a la idea de "tirar un cable a tierra".
Para aquellos problemas que no tienen solución no queda otra que la resignación y tratar de sobrellevarla lo mejor posible. Pero cuando estamos frente a un problema cuya solución implique tiempo, buena predisposición, dinero o una rubia tetona que este dispuesta a hacer cucharita hasta que la muerte nos separe, la mejor opción, a mi humilde entender, es parar la pelota, tranqulizarnos, desensillar hasta que aclare, ocuparse sin preocuparse y no permitir que el problema nos insuma toda nuestra atención y energia porque lo único que conseguiremos es hundirnos mas en el barro. En suma, tener la mente clara. Y el mejor método para conseguirlo, es tirar nuestro propio cable a tierra; encontrar eso que nos proporcione un rato de disfrute; la buena entre tanta mala; eso que nos asegure la cuota diaria de paz y satisfacción que nos merecemos; la cervecita helada en las tardes de calor.
Yo, amigos mios, ya tiré mi propio cable a tierra.
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