Parece que este último fin de semana, durante un partido de básquet de la NBA, disputado entre Sacramento Kings y San Antonio Spurs, equipo este último en el cual juega nuestro compatriota Emmanuel Ginobili, un primo de Batman se metió en medio del juego, provocando la interrupción del mismo. Ante la mirada atónita de todos los presentes, Manu puso fin a la interrupción asestándole un preciso manotazo al impertinente roedor alado mientras el bichito tiraba gambetas aereas.
Lamentablemente, Ginobili, a pesar de su fama y millones, demostró que es un celoso, ya que no hizo otra cosa que imitar una acción similar que yo realicé hace unos cuatro años atrás, solo que en mi caso no conté con miles de testigos en vivo y en directo, no fuí televisado en mi rol de cazador de murciélagos para millones de televidentes ni subieron el video a internet para que lo vean más millones aún.
En aquel entonces cohabitaba con quien fuera mi novia, en un departamento en un piso 23 de un edificio ubicado en Avenida Corrientes entre Esmeralda y Maipú, en pleno centro porteño.
Cierta noche, sobre la cual no puedo precisar fecha exacta, subiamos mi chica y yo en el ascensor luego de comprar algunos víveres en el chinito de la vuelta. Al detenerse el elevador en nuestro piso, mi novia tomó la delantera para descender del mismo. Un grito aterrado y un salto hacia atrás que bien podria calificar como récord olímpico, depositó a mi media naranja contra el fondo del ascensor al tiempo que veía como las paredes de acero inoxidable eran penetradas por las uñas de los dedos de dos manos temblorosas que rápidamente tomaban un color pálido a la par del rostro de mi novia. Tomado por sorpresa y viendo que la joven solo contestaba con balbuceos a mis preguntas acerca de que le pasaba, me asomé al pasillo y ahí fué contestada mi pregunta: un simpático murciélago, habitante muy común en esas alturas (mas de 60 metros) sobrevolaba el pasillo de punta a punta.
Visto que mi chica, presa de un ataque de nervios, se negaba a desprenderse de las paredes del ascensor por más que yo intentaba tranquilzarla diciéndole que no le iba a pasar nada y que el pobre animalito a esa altura ya estaria más asustado que ella luego del grito que pegó, decidí tomar cartas en el asunto. Me paré en medio del pasillo y, siguiendo atentamente con la vista la trayectoria del bichito, comencé a arrojar manotazos al aire cada vez el tipo pasaba volando cerca mio; a todo esto, unos vecinos que vivian en el extremo opuesto del pasillo, ya se habian asomado cautelosamente a la puerta de entrada de su departamento, alertados por mi chica que no paraba de gritar y armar escándalo. Finalmente, luego de cuatro o cinco intentos fallidos, logre asestarle un golpe, al mejor estilo King Kong a los aviones, al pariente del superhéroe encapuchado. Con el murciélago knock-out en el piso, mis vecinos se acercaron con una palita de plástico, en la cual deposité al pobre bicho que aún se debatia entre la vida y la muerte, incapaz de reacción alguna. Mientras mi novia cesaba sus aullidos y recuperaba la coloración beige clarito, me dirigí con la palita hacia un ventiluz que daba a la calle, ubicado sobre el descanso de la escalera; empujé la manija de la ventanita para abrirla y, una vez abierta, asomé la palita con el moribundo y con un movimiento descendente, lo dejé caer al vacio, no sin antes ofrecerle mis disculpas y darle la extremauncion, ya que dudo que haya reaccionado a tiempo para evitar estrolarse contra el asfalto.